Hay palabras que se inventan solas cuando la realidad las pide a gritos. Las “Bajaciones” es una de ellas. No está en el diccionario, pero está en cada WhatsApp de recursos humanos, en cada turno que no se cubre y en cada jefe de equipo que ya no pregunta “¿qué tal el fin de semana?” sino “¿quién falta hoy?”. Porque hoy, en España, faltan muchos. Y cada vez faltan más.
Vamos a los números, que para eso están. Según Randstad Research, el absentismo en España cerró 2025 en el 7,1% de las horas pactadas, máximo histórico, y de media diaria dejaron de ir a trabajar 1.595.211 personas, de las cuales 1.239.732 estaban de baja médica. El primer trimestre de 2026 lo empeoró: 7,2%, 1,6 millones de personas al día. The Adecco Group Institute, con su propia metodología, lo eleva hasta el 7,68% y habla directamente de entre 1,6 y 1,7 millones de ausentes diarios. Da igual qué informe prefieras: la foto es la misma, y es fea.
¿Y el precio? La CEOE, por boca de Antonio Garamendi, lo tasa en 33.000 millones de euros en 2025, “la segunda partida de gasto, solo superada por las pensiones”. El Estado, solo en prestaciones directas, ya se gasta 18.413 millones. Y si sumamos lo que de verdad se pierde —producción, competitividad, un compañero currando el doble para tapar el hueco del otro—, se dispara la cifra hasta el 8,1% del PIB. España, además, no es que vaya mal: es que va peor que nadie. Según el Ivie, el absentismo por incapacidad temporal ha crecido aquí 4,6 veces más rápido que la media de la Unión Europea desde 2018. Somos, con diferencia, los reyes de la baja.
Y aquí, amigos, toca hablar de Andalucía, que últimamente parece que solo aparece en las estadísticas cuando toca salir mal. Pues no, esta vez no: cerramos 2025 con un 6,6%, de las tasas más bajas del país. Pero —y este, pero es el que me preocupa— en el primer trimestre de 2026 hemos dado el segundo mayor salto de toda España, hasta el 7,0%. Vamos, que empezamos la clase aprobados y estamos estudiando para el suspenso. Y el farolillo rojo se llama construcción: 7,3%, subiendo un punto y algo en un año.
¿Hay patrón, o es puro cuento? Los datos dicen que hay patrón. Asepeyo, con más de un millón de procesos analizados en 2025, confirma que el 26,4% de las bajas empiezan en lunes, casi el doble que un viernes. Y aunque los sindicatos tienen su explicación —el médico no pasa consulta el domingo, así que lo del fin de semana se apunta el lunes—, la lectura de la calle es más sencilla: el cuerpo aguanta hasta el viernes y el ánimo se rompe el domingo por la noche. En Navidad y en verano las bajas se triplican. Llámrenlo casualidad estacional si quieren. Yo lo llamo calendario laboral con memoria.
Y aquí viene la parte que a nadie le gusta pero que hay que decir: no es solo un problema de dinero. Es un problema de sostenibilidad de todo el sistema. Hoy hay 2,46 cotizantes por cada pensionista, el mejor dato desde 2011, ojo, porque hace no tanto la tasa de dependencia —las personas en edad de trabajar por cada mayor— venía de un 5,3 en 1980 y hoy ronda el 3,4. La AIReF ya avisa de que esa ratio de cotizantes puede caer por debajo de 2 hacia 2040 si no cambia nada. Y aquí no hace falta ser economista: si cada vez menos gente sostiene con su nómina a cada vez más gente, lo último que nos podemos permitir es que la gente que sí cotiza, además, no vaya a trabajar.
Pero vamos al titular de verdad, al que casi nadie quiere poner encima de la mesa: el que más va a pagar todo esto no es el empresario. Es el trabajador. Concretamente, el trabajador que sí cumple. Porque cada vez que una empresa no puede contar con su plantilla, aprende una lección, y la aprende rápido: la máquina no pide baja el lunes. El algoritmo no se pone malo en Navidad. El robot de almacén no tiene ansiedad ni lumbago ni “asuntos propios”. Cada dato de absentismo que sale es, sin que nadie lo diga en voz alta, un argumento más a favor de automatizar, de sustituir, de invertir en inteligencia artificial antes que en personas. Y cuando llegue esa sustitución —que ya está llegando— no pagará la factura el que se cogía la baja el lunes. La pagará el compañero de mesa que aguantó, que curró de más, que cubrió el turno, y al que un día le dirán que su puesto ya no hace falta porque hay un sistema que hace lo mismo y nunca falla un lunes.
Así que sí, “las Bajaciones” son un cáncer empresarial. Pero como todos los cánceres, hay que operar con bisturí, no con hacha. Habría que empezar por diferenciar el fraude —que existe y hay que perseguirlo— de los problemas de salud mental real, que se han disparado y que en los mayores de 35 años está detrás de casi un tercio de las bajas largas. Habría que generalizar las altas progresivas, que permiten volver poco a poco sin perder el contacto con el puesto. Y habría que dejar de mirar solo el número y empezar a mirar la causa: si la gente no quiere ir a trabajar, el problema casi nunca es la pereza. Suele ser el trabajo. Pero si los sindicatos, los convenios y el sector sanitario (bajas médicas) no ponen coto a esta salvajada un trabajador, que anteriormente era el activo más importante de una empresa, se está convirtiendo en su mayor problema, y los empresarios y autónomos intentan evitar los problemas. Saquen sus propias conclusiones




