17/04/2026

La Fatiga
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Durante décadas, las empresas aprendieron a moverse en ciclos. Incluso en los momentos difíciles, había una lógica acerca de cómo actuar. Hoy, en cambio, operan en un entorno donde la incertidumbre no es un episodio, sino el estado natural

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A las siete y media de la mañana, cuando aún no ha terminado de amanecer del todo, Javier ya está mirando el móvil. No busca noticias (aunque siempre termina leyéndolas), ni tampoco mensajes urgentes. Lo que hace, casi sin darse cuenta, es calcular. Calcular si ese presupuesto que envió hace tres días sigue teniendo sentido. Calcular si merece la pena esperar antes de tomar una decisión. Calcular, al fin y al cabo, cuánto margen le queda para equivocarse.

Podría parecer una escena menor. Pero probablemente describe mejor que cualquier dato el momento económico que atravesamos. Porque lo que estamos viviendo no encaja en ninguna de las categorías que durante años nos ayudaron a entender la economía. No es una crisis al uso, tampoco es una etapa de crecimiento clara. Es algo más incómodo: una especie de continuidad inestable en la que todo funciona, pero nada termina de asentarse.

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Los indicadores aguantan, o eso parece. Seguimos registrando cifras turísticas históricas. La actividad no se ha detenido. Y, sin embargo, basta hablar con cualquier empresario (pequeño, mediano o incluso grande) para percibir una sensación compartida que no aparece en los informes: cada decisión pesa más. No porque falten oportunidades, sino porque han desaparecido las certezas mínimas que permitían asumirlas. Se decide más tarde. Se revisa todo varias veces. Se negocia más. Se aplaza. Se ajusta. Se protege caja. Se retrasan inversiones. Y, sobre todo, se evita el error. Porque equivocarse hoy no tiene el mismo coste que hace unos años: tiene menos margen de corrección. Y eso cambia completamente la forma de gestionar.

Durante décadas, las empresas aprendieron a moverse en ciclos. Incluso en los momentos difíciles, había una lógica acerca de cómo actuar. Hoy, en cambio, operan en un entorno donde la incertidumbre no es un episodio, sino el estado natural. El precio de la energía deja de ser previsible. Los costes laborales suben sin que necesariamente lo haga la productividad y los ingresos. La financiación, que no da respiro. Las tensiones geopolíticas (que antes parecían ajenas y muy lejanas) impactan en decisiones de nuestro país. Y la sobre regulación, en muchos casos, añade más complejidad que certidumbre.

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Nada de esto, por separado, es nuevo. Lo verdaderamente distinto es que todo ocurre al mismo tiempo. Y, sobre todo, que no tiene horizonte claro. Esa es la clave. Porque lo que desgasta no es la dificultad puntual. Es su permanencia. Es gestionar durante meses (o incluso años) en un entorno donde no hay un “después” certero. Donde no se vislumbra el momento en el que las reglas del juego volverán a ser estables.

Y ahí es donde aparece algo que rara vez se menciona en el análisis económico: la fatiga. No la fatiga financiera, ni siquiera la operativa, sino la fatiga estratégica. La de tener que decidir constantemente sin un tablero de juego claro y robusto. La de gestionar con prudencia extrema sin saber si esa prudencia es suficiente. La de sostener una estructura que funciona, pero que exige cada vez más energía para mantenerse en equilibrio.

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Andalucía, por su propia naturaleza, amplifica este fenómeno. Su dependencia del exterior, su dependencia turística y sus propios condicionantes estructurales hacen que cualquier alteración del contexto global se aplique aquí con mayor intensidad. El turismo puede ir bien, pero eso no elimina la sensación de fragilidad que subyace en el conjunto del tejido empresarial. Porque una cosa es que la economía funcione. Y otra muy distinta es cómo se siente al funcionar. Y esa diferencia empieza a ser relevante.

Empresas que siguen en pie, que mantienen empleo, que incluso crecen, pero que lo hacen desde una lógica defensiva. Desde la contención. Desde la gestión del riesgo más que desde la ambición de oportunidad. Y eso, a medio plazo, tiene consecuencias. Porque las economías no se debilitan solo cuando caen. También cuando dejan de atreverse. Cuando innovar se percibe más como un riesgo que como una necesidad. Cuando expandirse se convierte en una decisión que se pospone indefinidamente. Cuando el corto plazo deja de ser una etapa y pasa a ser la única referencia.

Ese es el verdadero peligro de esta fatiga silenciosa. No aparece en los titulares. No genera alarmas inmediatas. Pero erosiona. Por eso, quizá, el reto no sea únicamente mantener los indicadores en positivo. Ni siquiera consolidar el crecimiento. El verdadero reto es recuperar algo mucho más difícil de medir: la confianza suficiente como para volver a tomar decisiones con perspectiva. Para asumir riesgos razonables. Para mirar más allá de la siguiente semana.

Porque una economía puede resistir durante mucho tiempo. Pero ninguna economía puede construirse desde el cansancio permanente de quienes la sostienen cada día.

Montserrat Hernández Directora de Tribuna de Andalucía

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