Ojalá este nuevo curso nos traiga calma, una calma activa
Septiembre no tiene campanadas, ni uvas, ni balances televisados de madrugada. Pero para muchos de nosotros es, en realidad, el verdadero comienzo del año. Vuelven los colegios, las universidades, las empresas recuperan el pulso, las agendas se llenan y la vida pública despierta de nuevo. Por eso, igual que cada enero pedimos salud, trabajo y paz, quizá este agosto deberíamos atrevernos a pedir algo parecido para el curso que empieza: salud, trabajo y paz.
No una calma pasiva, ni conformista, ni indiferente. Hablo de una calma activa. La calma de quienes saben que el mundo necesita acuerdos, prudencia, responsabilidad y menos ruido. La calma de quienes no quieren resignarse al miedo, pero tampoco vivir instalados en la tensión permanente.
El curso que dejamos atrás, de septiembre de 2025 a agosto de 2026, no ha sido precisamente ligero. La guerra en Ucrania ha seguido recordándonos que Europa no puede dar por garantizada la paz. Gaza ha continuado siendo una herida humanitaria y moral difícil de mirar sin sentir impotencia. Oriente Medio ha vuelto a tensionar la energía, las rutas comerciales y la seguridad global (no sin el intento de invasión de terceros, conocidos por todos). Y, mientras tanto, la política internacional ha avanzado demasiadas veces entre bloques, sanciones, amenazas, elecciones polarizadas y desconfianza.
Tampoco el clima ni la convivencia han dado tregua. Los organismos internacionales han vuelto a alertar sobre años de calor récord, fenómenos extremos, desinformación y polarización social. No son asuntos separados: afectan a la salud, al campo, al turismo, al precio de la vida, a la confianza y a la forma en que convivimos.
También la economía ha vivido pendiente de demasiados frentes abiertos: tipos de interés, inflación, energía, comercio internacional, deuda pública, inteligencia artificial, empleo, vivienda y competitividad, y demasiado bien hemos superado el curso. Pero ¿qué viene por delante? El FMI proyecta un crecimiento mundial del 3,0% en 2026 y del 3,4% en 2027; la OCDE, por su parte, advierte de una economía global condicionada por la incertidumbre comercial y geopolítica.
España mantiene una posición relativamente sólida, con previsiones de crecimiento por encima de buena parte de Europa, aunque el Banco de España y la Comisión Europea señalan riesgos vinculados a la energía, la inflación y el entorno exterior.
Y en Andalucía, donde sabemos mucho de empezar de nuevo cada septiembre, también miramos el curso con una mezcla de esperanza y prudencia. Nuestra tierra tiene oportunidades evidentes: talento, energía, turismo, agroindustria, universidad, emprendimiento, logística, cultura y una posición geográfica privilegiada. Pero nada de eso florece igual en un clima de crispación permanente. La inversión necesita confianza. Las familias necesitan estabilidad. Las empresas necesitan reglas claras. Los jóvenes necesitan horizontes. Y la sociedad necesita algo tan sencillo y tan difícil como respirar.
Por eso, desde el lugar de vacaciones, esta reflexión quiere ser una petición. A los responsables políticos, que entiendan que discrepar no exige destruir. A los dirigentes internacionales, que recuerden que detrás de cada decisión estratégica hay vidas concretas. A los empresarios, que sigamos creando empleo y riqueza sin olvidar que la economía también es una forma de cuidar. A los medios, que informemos sin alimentar incendios innecesarios. Y a todos nosotros, ciudadanos, que no confundamos tener opinión con vivir enfadados.
El nuevo curso no será tranquilo por arte de magia. No basta con desearlo. Pero lo deseamos y al mismo tiempo habrá que trabajarlo. La paz se trabaja. La convivencia se trabaja. La estabilidad económica se trabaja. La confianza institucional se trabaja. La serenidad social se trabaja. Y cada uno, desde su espacio, puede contribuir a ello, nosotros, la sociedad civil y la empresa desde el nuestro.
Quizá el mayor desafío de este tiempo sea recuperar una palabra que parece menor, pero que sostiene sociedades enteras: responsabilidad. Responsabilidad para hablar, para decidir, para publicar, para gobernar, para invertir, para negociar, para votar, para liderar y para escuchar. Recarguemos pilas para asumir esa responsabilidad.
No podemos controlar solos la geopolítica, ni los mercados, ni las guerras, ni las grandes decisiones de los bancos centrales. Pero sí podemos decidir cómo nos posicionamos ante todo eso. Podemos elegir no amplificar el miedo. Podemos exigir acuerdos. Podemos premiar la sensatez. Podemos apoyar a quienes construyen. Podemos levantar proyectos, empresas, familias y comunidades sin esperar a que todo sea perfecto.
Ojalá el curso 2026/2027 sea más tranquilo. Ojalá el mundo encuentre más diplomacia y menos amenaza. Ojalá la política recupere algo de respeto. Ojalá la economía mantenga el empleo y proteja a quienes peor lo pasan.
Ojalá Andalucía siga avanzando sin perder su forma de estar en el mundo: cercana, trabajadora, abierta y profundamente humana.
No será fácil. Pero pocas cosas importantes lo son.
Que este nuevo curso nos encuentre menos cansados de discutir y más dispuestos a construir. Menos pendientes del ruido y más atentos a lo esencial. Menos instalados en el temor y más comprometidos con la esperanza.
Porque pedir calma no es pedir que no pase nada. Es pedir que, pase lo que pase, sepamos responder mejor.