Salud o postureo. La operación bikini sin esfuerzo
Este verano he visto más caras nuevas que en toda mi vida. No hablo de gente que ha adelgazado. Hablo de gente que se ha quedado con otra cara, la famosa “cara Ozempic”. Mejillas hundidas, piel que le sobra, un aire cansado que antes no tenían. Y todos, sin excepción, con la misma explicación susurrada en la sobremesa: «me estoy pinchando».
No hace falta ser médico para notar el patrón. Se ha vuelto un tema de barra de bar. El cuñado que llevaba veinte años intentando bajar esos kilos con dietas de lunes a viernes y ahora, en tres meses, ha desaparecido media persona. La compañera de trabajo que antes hablaba de su nuevo gimnasio y ahora habla de su nueva farmacia. El amigo que un día deja de ir a entrenar porque, para qué, si ya no tiene hambre. Todos contentos, todos delgados, y a mí, sinceramente, cada vez me preocupa más lo que no se ve en la foto de después.
Porque aquí lo que estamos normalizando no es un tratamiento médico. Es un mercado paralelo. Conozco casos, y no son pocos, de gente que se pincha algo que le ha traído un conocido de un viaje, o que le llega por mensajería sin receta, sin médico, sin seguimiento de ningún tipo. Se guarda en la nevera de casa al lado de los yogures, y nadie se pregunta si esa cadena de frío se ha roto en algún punto del trayecto. La conversación de sobremesa ha sustituido a la consulta del endocrino. Y eso, dicho así, suena tan mal como es en realidad.
Mientras tanto, un diabético ha llegado a la farmacia y se ha encontrado con que no había Ozempic. No una vez. Varias. Y la explicación no es ningún misterio: si media ciudad se pincha lo mismo para llegar mejor a la boda o a la playa, el que de verdad lo necesita para vivir hace cola detrás.
Y luego está la parte que no se cuenta en las fotos de Instagram, esa que solo se ve en persona, de cerca, en una boda o en una comida familiar. Gente que ha perdido peso, pero también color, energía, incluso algo de sí misma. Caras que envejecen de golpe. Cuerpos que se quedan flojos donde antes había firmeza, porque adelgazar así, sin mover un músculo ni cambiar una costumbre, no distingue entre grasa y todo lo demás. Se pierde volumen, sí. También se pierde base.
No estoy escribiendo esto para señalar a nadie ni para dar lecciones de vida ajena, cada uno hace lo que puede y lo que quiere con su cuerpo y con su ansiedad de espejo, de hecho, hablo con conocimiento de causa, porque yo también caí y lo probé. Pero sí quiero decir en voz alta lo que muchos comentamos en privado: hay algo profundamente triste en convertir la salud en un atajo de farmacia sin médico de por medio.
Se ha vendido esto como una revolución de la salud, y en parte lo es, cuando lo receta un médico a quien de verdad lo necesita. Pero cuando se convierte en la solución exprés de quien solo quiere entrar en el vestido de la boda de septiembre, dejamos de hablar de salud. Hablamos de otra cosa. De la incapacidad de aceptar el propio cuerpo, del pánico al verano, de la vergüenza disfrazada de bienestar. Eso no es cuidarse. Es puro postureo con bata blanca.
Y aquí es donde toca decir algo incómodo: la operación bikini de toda la vida, la de sudar, comer mejor y aguantar el tirón, al menos te dejaba algo cuando terminaba el verano. Un hábito, una rutina, algo tuyo. Esto no deja nada cuando se acaba el pinchazo, salvo la costumbre de seguir pinchándose y, lamentablemente perder la cultura del esfuerzo. Y cuando alguien deja de hacerlo, lo que viene después no suele ser bonito de ver.
No pido que se prohíba nada ni que se juzgue a quien lo usa con criterio médico real. Pido, simplemente, sentido común: que quien necesita este fármaco para no enfermar no tenga que competir con quien lo quiere para una foto de vacaciones. Y que, de una vez, dejemos de disfrazar de salud lo que en realidad es puro postureo con etiqueta médica: no querer trabajar por nada, ni siquiera por el propio cuerpo, y pagar para que lo haga un medicamento por ti.