En una de mis sesiones prácticas en la Universidad Pablo de Olavide, hace unos días, me sumergí en un silencio inusual, reflexión a la vista, ya tenía mi próximo artículo para Tribuna de Andalucía. Impartiendo la sesión práctica en Dirección Estratégica, tenía que plantear un ejercicio que, sobre el papel, parecía un necesario retorno a la esencia: realizar un análisis crítico de una noticia empresarial, pero con la condición de que fuera entregado escrito a mano. Supuestamente mi intención era clara, forzar ese parón analógico que obliga a la mente a procesar, sintetizar y volcar un criterio propio, alejándonos por un momento de los clics de copiar y pegar desde la IA de turno.
Sin embargo, al caminar por la clase, me topé con una realidad que me dejó descolocado y que me regaló esta reflexión. La imagen era casi ¿dantesca?: los alumnos miraban a sus pantallas donde la Inteligencia Artificial les “dictaba”, y su mano se limitaba a transcribir el resultado en el folio, sin paso previo por su mente. En ese instante: ¿a quién estaba evaluando realmente? ¿Al alumno que tenía sentado frente a mí o a la IA que le dictaba? Aquellos jóvenes estaban realizando un esfuerzo “físico”, porque no mental, notable para trasladar al papel un pensamiento que no les pertenecía, actuando como meras herramientas de escritura para una inteligencia digital.
La sensación inicial fue de un extraño desasosiego, similar a la que uno siente al ver a un niño pequeño consumiendo algo de cuya potencia o capacidad de generar dependencia no tiene plena conciencia, como quien ve a un bebé con un biberón de refresco de cola o absorto en un móvil para no “molestar” a los adultos, sin saber ni siquiera los efectos negativos que de seguro le traerá a futuro.
Como profesional que utiliza la IA al 200%, estoy convencido de que es la herramienta de optimización más potente de nuestra era. Yo mismo la utilizo antes de acometer cualquier tarea, repensando cómo la tecnología puede simplificarme la vida. Pero la clave está ahí: en la simplificación y la optimización del tiempo para llegar más lejos, no en la sustitución del análisis crítico ni en la renuncia a la oportunidad de entender el porqué de las cosas. Verles copiar a mano lo que decía la pantalla me hizo sentir que estaban indefensos, pudiendo convertir una herramienta de oro en algo absolutamente peligroso.
No era rechazo a la modernidad —sería injusto por mi parte—, sino una preocupación por su inminente entrada en el mundo profesional con una dependencia de la que no parecen ser dueños. En una asignatura como Dirección Estratégica, el valor real no reside en el dato, sino en la capacidad de conectar puntos y tomar decisiones en entornos de incertidumbre. Si el alumno externaliza ese análisis, para luego actuar como una simple impresora humana, ¿con qué nivel de pensamiento estratégico llega a su primera oportunidad profesional? Quiero evitarles decir frases como “pues eso es lo que me ha dicho/dado la IA”, yo la he recibido directamente como respuesta. ¿Y tu cerebro qué te ha dicho?
Sin embargo, tras ese primer impacto, la reflexión debe ser necesariamente positiva y constructiva. No podemos, ni debemos, prohibir el acceso a la Inteligencia Artificial en la universidad. Sería como intentar poner puertas al campo o prohibir el uso de Google hace dos décadas bajo el pretexto de que “ya nadie iría a la biblioteca”. El acceso debe ser total, transparente y valiente. El verdadero reto docente hoy no es evitar que usen la IA, sino enseñarles a usarla para que no terminen siendo ellos los usados por la IA. Debemos pasar del decirles cómo NO deben usarla, al cómo SÍ pueden/deben usarla. La universidad tiene ahora la oportunidad de oro de redefinir su propósito.
Si la IA ya es capaz de redactar un análisis de coyuntura empresarial básico (y no tan básico), nuestra labor como profesores es elevar el listón. Debemos decirles: “Usa la IA, tráeme el mejor análisis, y ahora, desde tu posición de futuro directivo, critícalo, túmbalo o mejóralo”. Es ahí, en la IA+Humano, donde nace la verdadera ventaja competitiva, y debemos hacérselo ver. Ahora lo vienen llamando “Inteligencia Híbrida”, donde el alumno y futuro profesional aporte siempre la estrategia, la ética y la visión a largo plazo.
Ayudarles en su uso significa enseñarles que la IA es su copiloto, no el conductor del vehículo. Optimizar el tiempo con tecnología no es hacer trampas, es ser eficiente para poder dedicar esas horas ganadas a la creatividad, al largo plazo, al feeling/olfato empresarial, e incluso a lo personal, que “a día de hoy” no está en la IA. Si logramos que entiendan que la IA debe trabajar para ellos y no al revés, habremos cumplido nuestra misión.
Necesitamos que el alumno sea consciente de que su valor en el mercado no será su capacidad de transcribir, sino su capacidad de decidir, y dado que van a entrar en lo profesional en la era de la IA, tendrá que decidir cada más pronto, si no quieren que los sustituya una IA.
El futuro de nuestra economía no necesita mejores copiadores, sino personas con capacidad de razonar con criterio propio, que sepan usar los algoritmos con seguridad y ética. La tecnología ya está aquí y debemos exprimirla. Nuestra responsabilidad, desde la Universidad, debe ser el asegurar que, cuando estos jóvenes salgan a la calle a liderar empresas, con independencia del nivel directivo o no de cada uno, lo hagan con la seguridad de quien sabe que la IA es oro, pero que el verdadero motor/piloto sigue siendo, y será siempre, sus mentes.




