Hay una pregunta que me hago cada vez que entro en un supermercado y veo ese pepino andaluz enfundado en plástico transparente, con una etiqueta que dice “producto local, sostenible y comprometido con el medio ambiente”. La pregunta es simple: ¿en qué momento nos pusimos de acuerdo para hacer como que nada ha pasado?
Porque ha pasado. Vaya si ha pasado. En 2019, el plástico era el enemigo público número uno de la civilización occidental. No había foro sectorial, congreso agroalimentario ni discurso político que no comenzara con una condena solemne al polietileno. La Unión Europea aprobó su Directiva de Plásticos de Un Solo Uso con la energía de quien cree que está cambiando el mundo. Las grandes distribuidoras se comprometieron a eliminar el film en las bandejas de frutas. Las cooperativas andaluzas prometieron inversiones millonarias en packaging biodegradable. Los retailers ponían en sus newsletters frases como “juntos por un planeta sin plástico” con el mismo entusiasmo con que hoy ponen “juntos por la eficiencia logística”. Era el momento. Era el movimiento. Era la revolución verde del sector primario.
Y entonces llegó el COVID. Y luego llegó la guerra de Ucrania. Y luego llegó la inflación.
Y el plástico, con toda su discreción de material sintético, volvió silenciosamente a envolverlo todo. Sin fanfarria. Sin rueda de prensa. Sin un solo comunicado corporativo que dijera lo que todos sabemos: que cuando aprietan las urgencias económicas, el compromiso medioambiental es lo primero que se mete en el cajón.
Permítanme ser preciso aquí, porque los datos importan. El plástico es el mejor material que existe e inventamos, es bueno para protección alimentaria, para juguetes, para tecnología, mobiliario, interior, exterior, etc., es tan bueno que fabricamos en un solo día lo que no podemos gestionar en decenas de años.
Empecemos por el producto más vendido del mundo en alimentación: la botella de plástico. No el yogur, no el aceite, no la conserva. La botella de plástico PET de bebidas (agua, refrescos, zumos) es el envase alimentario más producido y consumido del planeta. Más de 500.000 millones de unidades al año. Un millón de botellas por minuto, cada minuto de cada día del año. Eso no es una cifra de un informe de Greenpeace ni una exageración activista. Es la producción real del sector global de bebidas, documentada y auditada. Quinientos mil millones de botellas. Al año.
La botella PET es tecnológicamente notable. Ligera, irrompible, reciclable al 100% en teoría. Comparada con el vidrio equivalente, genera menos emisiones durante su fabricación y consume menos agua. No es el demonio que pintan algunos. El demonio no está en el material: está en lo que hacemos con él cuando lo vaciamos. Porque de esos 500.000 millones de envases anuales, el 70% termina en vertederos, incineradoras, ríos u océanos. Y ahí es donde la botella PET deja de ser un prodigio de la ingeniería para convertirse en un problema que dura entre 400 y 1.000 años. Una botella fabricada en 2 segundos, usada en 20 minutos, que contamina durante 10 siglos. Esa es la ecuación real.
Los datos sobre salud son aún más incómodos. Si bebe un litro de agua embotellada, insisto, el agua en sí es perfecta, el problema es exclusivamente el envase, ingiere aproximadamente 240.000 fragmentos de microplásticos (Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), realizado por investigadores de las Universidades de Columbia y Rutgers). Los microplásticos procedentes de la degradación del PET se han detectado ya en sangre humana, en placenta, en tejido pulmonar. No estamos hablando de un riesgo hipotético. Estamos hablando de algo que ya está ocurriendo, que ya está dentro de nosotros, y ante lo que el sector lleva años respondiendo con el mismo argumento: “hay que hacer más estudios”.
Mientras tanto, el negocio sigue viento en popa. Coca-Cola comercializa alrededor de 100.000 millones de botellas de plástico desechables al año. Un estudio de 2024 publicado en Science Advances demostró que cada aumento del 1% en la producción de plástico se correlaciona directamente con un 1% más de contaminación plástica en el medioambiente. La conclusión era demoledora: a pesar de todos los compromisos de sostenibilidad de las grandes marcas, no se detecta ningún impacto positivo real en los índices de contaminación. Cero. El lavado verde (greenwashing) funciona mejor que el reciclaje.
Y aquí está la hipocresía que más me interesa señalar en el contexto agroalimentario. En 2019 muchas empresas del sector —incluidas embotelladoras, distribuidoras y marcas de agua— firmaron con toda la solemnidad del mundo compromisos de reducción del plástico de un solo uso. Porcentajes ambiciosos. Plazos concretos. Apariciones en prensa. Cinco años después, la producción mundial de botellas PET no ha descendido, ha crecido. El reciclaje sigue por debajo del 30% mundial. Y el Reglamento Europeo de Envases que entra en vigor en agosto de 2026 —que exige contenido reciclado mínimo en los envases y sistemas de depósito— sigue siendo un gran desconocido para buena parte del tejido empresarial del sector. No porque no exista. Porque no interesa que exista.
Y aquí es donde entra la segunda parte de esta historia, que es donde la cosa se pone verdaderamente interesante. Mientras el debate del plástico se enfriaba, el sector agroalimentario encontró un nuevo relato con el que vender sostenibilidad sin demasiado coste: el kilómetro cero. El km 0. El producto local, de proximidad, de la tierra, de la abuela, del huerto del vecino. El concepto llegó de Italia, lo amplificaron los chefs de moda, lo absorbió la distribución moderna. Y funcionó. Vaya si funcionó.
El problema es que, como casi todo lo que funciona demasiado bien en comunicación, el km 0 se convirtió muy pronto en una trampa. No existe ninguna regulación que defina a cuántos kilómetros está ese kilómetro cero; en Francia son 80 km, en algunos sellos españoles llegan a 200, y hay supermercados que venden como “local” tomates de Almería distribuidos desde Madrid; la huella real de un invernadero tecnológico puede ser menor que la de un huerto de proximidad con riego ineficiente y cultivo fuera de temporada, porque la eficiencia productiva importa más que la distancia; y llevado al extremo, el discurso localista condenaría a Jaén a quedarse con el 95% de su aceite en casa. Eso no es sostenibilidad. Es un suicidio económico con etiqueta artesanal. Todo esto no significa que el km 0 sea malo. Significa que, como el plástico, como la sostenibilidad, como cualquier concepto poderoso, necesita rigor para no convertirse en puro lavado de imagen.
El verdadero reto del sector agroalimentario en 2026 no es elegir entre globalización o localismo, entre plástico o biodegradable. El reto es construir un modelo que integre todo eso con inteligencia. Que use el plástico donde es necesario y lo elimine donde no lo es. Que venda la proximidad cuando es real. Que no abandone el compromiso medioambiental cada vez que llega una crisis.
Porque el plástico nunca se fue. Solo dejamos de mirarlo. Y lo que no miramos, sigue creciendo.




