30/05/2024

“Vocación docente: más vocación que docente”

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Probablemente lo que más admiro del ser humano, más allá de su capacidad de inventarse y de superar miedos y obstáculos, sea su conocimiento. Me llama poderosamente la atención la gente cultivada que es capaz de expresarse con criterio, que tiene un conocimiento infinito sobre ciertas materias y que además es capaz de transmitir sabiduría con humildad. Sin duda alguna, la figura del profesor puede ser aquella que más admire y las personas que se forman de manera continua, que son ávidas de saber, son de mis favoritas.

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Yo siempre he sido una eterna alumna, quizás por intentar convertirme en lo que admiro. Formarme, además, me hace infinitamente feliz, he cursado distintos masters y ahora incluso, con cerca de cincuenta años, estudio la carrera de sociología, que me hace crecer como persona y como ser humano, adquiriendo conocimiento a la par que descubro los entresijos de la sociedad, en cada asignatura que me encuentro.

Y si lo hago, en cierta forma, es porque considero que los profesores siempre tenemos que estar en constante renovación. Mi experiencia docente se remonta a 2015, desde entonces hasta la actualidad, he tenido la oportunidad de poder transmitir mi conocimiento, fundamentalmente en materia de marketing estratégico e investigación comercial, a cientos de alumnos, principalmente universitarios.

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Y aquí, después de este preámbulo donde intento poner en valor la formación, la educación y la figura del docente, me pregunto si el valor del docente es tal, teniendo en cuenta cómo está configurada la sociedad en la actualidad, así como la adquisición del conocimiento que pone en entredicho la necesidad de la figura del profesor. Y digo que pone en entredicho, porque todos los contenidos de cualquier materia están al alcance de cualquier hijo de vecino.

El hecho de que la diferenciación como profesor, nuestra revalorización frente a un comportamiento autodidacta que viene de cualquier fuente de Internet, es uno de los pequeños retos a los que se enfrenta el docente actual. Y digo pequeño, porque quizás esto sea lo de menos, los docentes nos hemos tenido que acostumbrar a que después de haber impartido una unidad didáctica concreta, se haya puesto en tela de juicio lo dicho porque “Internet dice que…”. Afortunadamente, hasta la fecha, he salido indemne de esas situaciones, que, al fin y al cabo, son hasta estimulantes, porque muestran que al menos el alumno tiene interés y cuando te rebaten, hay debate y diálogo, algo que encuentro realmente alentador.

En ese sentido, siempre que sea para aportar, considero que la tecnología puede ser una gran compañera, en tanto en cuanto la clase en cuestión se convierta en un espacio para poder debatir, conversar, compartir y crecer. Soy una firme defensora de la clase invertida, donde el alumno se hace responsable de su aprendizaje y cuando se vienen con las lecciones aprendidas, y el alumno es capaz de abrirse y de hacer sus aportaciones con fundamento, el aula se eleva, el conocimiento fluye y es entonces cuando ser docente cobra sentido.

En contraposición, cuando ese paraíso no surge es porque el aula se convierte en un desierto donde en este caso, la tecnología se nos vuelve en contra. Captar la atención del alumno, a veces es como circular por la noche por una carretera sin asfaltar, teniendo como enemigo principal a ese artilugio con miles de aplicaciones al alcance de la mano, que impide que se escuche nuestra voz. Al margen de eso, escenario común de todos los docentes, no me quisiera extender en el hecho que supone tener que impartir clases y evaluar contenidos, sabiendo que el alumno para poder realizar un trabajo va a hacer uso de la IA.

Hasta aquí un breve y minúsculo resumen de lo que significa ser docente hoy. Con escasa profundidad, he señalado los pormenores de nuestro día a día docente, lugares comunes que seguramente hayan esbozado alguna sonrisa empática de aquellos compañeros que saben de lo que hablo. Más allá de lo dicho, insisto, lugares comunes, hay otra realidad que pasa desapercibida y que sin embargo ahí está. Cada vez hay más problemas de salud mental en la juventud: según un informe del Ministerio de Sanidad, los trastornos psicológicos en menores de 25 años han aumentado un 60%.

Cada vez nos encontramos de manera más habitual con alumnos que tienen diferentes necesidades, hablamos de casos de dificultades específicas de aprendizaje (DEA) o condiciones como TEA (Trastorno del Espectro Autista) o TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Precisamente, hace unas semanas, tuve la inmensa oportunidad de asistir a un curso de formación en atención a la diversidad, a propuesta de EIG Business School, donde desarrollo mi labor docente y donde se abordaron todas estas cuestiones.

La conclusión a la que llego, teniendo en cuenta todas estas premisas, es que el rol del docente ha cambiado en los últimos veinte años y a juzgar por todos estos acontecimientos sociales, seguramente cambie aún más. El docente no se debe limitar a ser un proveedor de conocimiento que llega a un aula e imparte una masterclass unidireccional, donde los alumnos toman apuntes.

El docente de hoy tiene que tomar conciencia de que la tecnología va estar ahí y va a seguir ahí y que debemos ser pioneros en saber cómo enfocar un buen uso de la misma, porque puede ser una gran aliada. Hay que promover que el alumno sea proactivo en su aprendizaje, para que nosotros nos podamos convertir en su guía y a este respecto, en la medida de lo posible, ser un faro, una luz que despierte vocaciones. Tener capacidad de escucha, intentar sacar lo mejor de cada alumno y no motivarlo, porque motivado tiene que venir de casa, pero si inspirar, ser capaces de crear espacios de conocimiento que sean paraísos y no desiertos, llevar la innovación docente por bandera, y no me refiero a la tecnología, me refiero a saber llegar al alumno, descubrirlo y de alguna forma, como siempre han hecho los grandes profesores, dejar huella.

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