Martes 27 de octubre de 2026
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Nueva Economía

El precio de cuidar: ¿quién se queda cuidando?

Son las 7:00 h de la mañana y todo está preparado en casa. Una niña se despierta con fiebre. Sus padres tienen que ir a trabajar, pero alguien debe quedarse con ella. La situación parece sencilla: hablar, organizarse y decidir. Sin embargo, detrás de esa decisión cotidiana aparece una pregunta que rara vez se plantea en las entrevistas de trabajo: ¿quién puede mantener su disponibilidad profesional porque otra persona se encarga de cuidar? La igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el empleo también se juega ahí, en lo que ocurre antes de fichar y después de salir del trabajo.

Cuando hablamos de igualdad en el ámbito laboral, solemos pensar en salarios, brechas salariales, tipos de contratos o puestos de responsabilidad. Son cuestiones fundamentales, pero insuficientes si dejamos fuera el reparto de los cuidados. No basta con que una mujer y un hombre tengan formalmente las mismas oportunidades si ella debe organizar su jornada alrededor de las necesidades familiares y él puede dar prioridad a su carrera. La postura ha de ser clara: la igualdad laboral exige que cuidar deje de considerarse una responsabilidad principalmente femenina.

Cuidar includes mucho más que atender a nuestros hijos e hijas. También significa acompañar a una persona mayor, ayudar a un familiar dependiente, preparar comidas, organizar citas médicas, limpiar o comprar, estando pendiente de lo que hace falta en casa.

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Son tareas imprescindibles para sostener la vida, aunque muchas veces no tengan sueldo ni reconocimiento. Ninguna empresa podría funcionar si sus trabajadores no comieran, descansaran o recibieran atención cuando enferman. Sin embargo, el mundo laboral suele tratar esas necesidades como asuntos privados que cada familia debe resolver por su cuenta.

Normalmente, no nos permitimos preguntarnos cómo se distribuyen esas responsabilidades y por qué. No se trata de afirmar que todas las mujeres viven lo mismo ni que ningún hombre cuida de forma corresponsable. Se trata de reconocer una expectativa social: todavía resulta más fácil presentar a una mujer como responsable principal de sus hijos e hijas y a un hombre como alguien que "ayuda". Esa palabra parece inocente, pero revela una desigualdad. Quien ayuda colabora en una tarea que se supone ajena; quien comparte la responsabilidad sabe que también le corresponde.

Las consecuencias pueden empezar con decisiones pequeñas. Salir antes para recoger a los hijos e hijas, rechazar un viaje profesional o pedir una reducción de jornada parecen elecciones individuales. Pero, cuando esas renuncias recaen repetidamente sobre la misma persona, terminan condicionando su trayectoria. Menos horas remuneradas pueden significar menos ingresos, y una menor disponibilidad puede dificultar el acceso a ciertos puestos. Así, una organización familiar y doméstica desigual acaba entrando en el empleo remunerado y afectando a las oportunidades profesionales.

Además, hablar de "libre elección" exige mirar las condiciones en las que se decide. Si una pareja necesita que alguien reduzca su jornada, puede parecer razonable que lo haga quien cobra menos. El problema es que esa solución puede reforzar la desigualdad previa: quien ya tenía menos ingresos pierde todavía más y queda en una posición de mayor dependencia económica. La decisión puede ser comprensible para esa familia y, al mismo tiempo, formar parte de un círculo que resulta difícil romper.

Hay también una carga menos visible: la de recordar, planificar y anticipar. Saber cuándo toca una vacuna, comprobar si queda comida, buscar una actividad para las vacaciones o prever quién acompañará a una consulta. Repartir tareas no siempre significa repartir esa responsabilidad, que se traduce en una carga mental. Si una persona tiene que dar instrucciones constantemente para que la otra participe, sigue siendo quien dirige los cuidados entendidos en un sentido amplio. La corresponsabilidad empieza cuando hombres y mujeres se ocupan de detectar las necesidades y las gestionan, buscando soluciones, sin esperar órdenes.

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La conciliación de la vida personal, familiar y laboral debe reconocerse como un derecho de todas las personas trabajadoras, sin asociarse únicamente a las mujeres. Otro enfoque puede, como ocurre con demasiada frecuencia, mantener la idea de que ellas son trabajadoras con responsabilidades familiares y ellos, trabajadores plenamente disponibles. Las medidas deben poder utilizarse sin que hacerlo se interprete como falta de compromiso por parte de quienes emplean.

Un hombre que adapta su horario para cuidar también contribuye a cambiar esa expectativa. Pero su participación no merece tratarse como una hazaña excepcional: está asumiendo una responsabilidad que le corresponde.

Las empresas tienen una parte importante de la solución. Pueden organizar el trabajo con horarios previsibles, evitar reuniones innecesarias fuera de jornada y valorar los resultados sin confundir compromiso con presencia constante. También deben preguntarse si sus criterios de promoción favorecen a quienes pueden prolongar indefinidamente el día laboral. La flexibilidad sirve de poco si después se penaliza informalmente a quien la utiliza. Conciliar debe ser compatible con progresar, y no convertirse en una vía para quedarse al margen.

Sin embargo, tampoco sería justo cargar toda la solución sobre las familias y las empresas. Los cuidados requieren servicios públicos accesibles y suficientes: educación infantil, atención a la dependencia y apoyo a las personas mayores. Cuando esos recursos faltan, alguien tiene que cubrir la necesidad.

Además, no todas las familias disponen de las mismas posibilidades económicas. Quien puede pagar ayuda tiene opciones que otras personas no tienen.

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Otra cuestión imprescindible es reconocer a quienes cuidan de forma remunerada. No podemos defender la conciliación de unas personas ignorando las condiciones laborales de quienes limpian sus hogares, atienden a sus familiares o acompañan a sus hijos e hijas. Resolver los cuidados trasladándolos a otra mujer, sin preguntarse por su salario, sus descansos o su protección, deja intacta una parte del problema. Cuidar debe tener valor tanto dentro del hogar como en el mercado de trabajo.

Es cierto que transformar esta organización exige recursos y cambios de hábitos. Pero mantenerla también tiene un coste: renuncias profesionales, agotamiento, dependencia económica y vidas organizadas alrededor de una disponibilidad imposible. Ese coste no desaparece porque no figure en una factura; simplemente lo asume alguien. Una sociedad que necesita cuidados debe decidir cómo los sostiene y cómo reparte esa responsabilidad.

La igualdad laboral no se consigue únicamente incidiendo en el acceso. También requiere que las mujeres puedan desarrollar su carrera sin asumir por defecto todas las obligaciones que quedan fuera de ella. Repartir los cuidados, reconocer su valor y garantizar apoyos colectivos es una cuestión de justicia.

Antes de celebrar que todos y todas podemos llegar igual de lejos, conviene preguntarnos quién dispone del tiempo para hacerlo y quién se queda cuidando.

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