30/05/2024

Emprendimiento con propósito
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A lo largo de mi vida he conocido a muchos empresarios. Y puedo asegurar que para la gran mayoría de ellos ganar dinero fue la última de las motivaciones que les llevó a emprender. Ojo, que no estoy diciendo que se hicieran empresarios para arruinarse. Por supuesto, que no. Todos querían ganar dinero, y cuanto más mejor. Pero la motivación original fue otra diferente, y en casi todos tenía que ver con el deseo de realizarse personalmente y encontrar un propósito al que dedicarse. Quizás sea simplificar, pero pienso que se hicieron empresarios para tener una vida más plena.

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Sin embargo, la imagen que tradicionalmente se ha trasladado en España de la iniciativa empresarial es mucho más antipática. No me refiero solo ya a que no se le ha reconocido su papel fundamental en la creación de empleo y riqueza, y en la generación de ingresos públicos con los que mantener el Estado del Bienestar. Lo que vengo a referirme es que se ha manifestado o dado por sentado que el empresario es un hombre sin propósito o, dicho de otra forma, con el único propósito de ganar dinero, cuando la realidad es que la ambición material está lejos de ser el primer motor del emprendimiento.

Ambición, sí, pero no material o no exclusivamente material. Ambición por ganar autonomía y no depender de nadie, eso sí. Ambición por ser capaz de crear un proyecto nuevo desde la nada y llevarlo a buen puerto, eso también. Ambición por revolucionar los servicios de un sector, o las formas de prestar esos servicios, por supuesto. Ambición por ofrecer una solución que el mercado no estaba siendo capaz de aportar, en muchos casos. Ambición por realizar una gran innovación disruptiva, como se dice ahora, muy posible. Y aunque suene cursi, ambición por mejorar las cosas y el mundo, casi siempre.

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Los que nos consideramos liberales no tenemos la soberbia de pensar que sólo desde el servicio público se puede contribuir al interés general. Al contrario, sabemos que también desde el emprendimiento se puede ayudar a mejorar la sociedad que nos rodea, y estimamos, de hecho, que hay pocas vías más eficaces y directas que esa. Sin embargo, la asociación entre iniciativa empresarial y propósito social es algo que se escamotea a los jóvenes. La vocación social y el emprendimiento se conciben como “llamadas” vitales muy diferentes, casi incompatibles. Y no lo son en absoluto.

No lo son en ningún caso, pero hay un sector empresarial en el que esa comunión entre el propósito social y la iniciativa emprendedora se hace especialmente patente. Me refiero, claro está, a la economía social. Sus organizaciones se distinguen por la mayor estabilidad laboral e igualdad salarial, la promoción de la solidaridad interna entre los trabajadores, la participación de estos en la propiedad y gobierno, y el compromiso con su territorio, entre otros rasgos destacados. Pero lo que las define sobre todo es la priorización de su utilidad pública, que las lleva a desarrollar servicios socialmente muy necesarios, fundamentales para la igualdad, la justicia social, el desarrollo sostenible y la lucha contra la despoblación del medio rural, servicios como los que presta en el sector de cuidados, donde el peso de la economía social ya alcanza el 43% y se eleva a más del 60% en el caso de los servicios domiciliarios a personas mayores y dependientes.

Que la iniciativa emprendedora con propósito social no sólo es posible, sino que existe, es necesaria y resulta competitiva, se pone de manifiesto con toda brillantez en la economía social, cuyas empresas son además de mayar tamaño medio y mayor supervivencia que las de la economía mercantil. ¿Qué mejor testimonio y aliciente para el emprendimiento de los jóvenes que aspiran a una dedicación vital con propósito que el ejemplo de estas organizaciones? ¿Qué mejor desmentido a los viejos clichés que asocian la actividad empresarial al egoísmo individualista y la indiferencia social que los servicios de estas empresas que ayudan a las personas mayores y a las familias del entorno rural con niños menores de tres años o que contribuyen al medio ambiente gracias a la gestión de aguas o depuración de residuos?

Por eso, hay que acercar la economía social a los grados universitarios y ciclos de formación profesional y por eso me ha parecido tan acertado y de tanto valor el acuerdo que la Federación Andaluza de Empresas Cooperativas de Trabajo ha firmado para ello con Andalucía Emprende. Ojalá de la próxima generación de titulados superiores andaluces salgan más empresarios y ojalá muchos de ellos encaucen su vocación emprendedora a través de la economía social. Eso ayudará a reforzar el liderazgo de Andalucía en este sector productivo, que integra a más de 4.900 cooperativas que aportan ya cerca del 10% del PIB andaluz y el 12,5% del empleo y suman una facturación de casi 16.000 millones. El cambio que el Gobierno de Juanma Moreno está impulsando se deja ver ya en todos los sectores de la economía, pero en este se refleja con especial fuerza.

El empuje del cooperativismo andaluz es tan fuerte que supera un 20% los parámetros de facturación y empleo de la media española. En cuatro de cada cinco municipios hay al menos una empresa de economía social. Con la implicación de las universidades, estoy convencido de que podemos lograr que al menos haya una por municipio. Eso sería enormemente importante para la Andalucía rural y de forma particular para la que sufre el fenómeno de la despoblación.

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