26/05/2024

El regreso
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Aunque los sevillanos más rancios, aquellos que solían veranear en Cádiz, en sus localidades costeras como Rota, Sanlúcar de Barrameda y sobre todo como Chipiona -ese bello pueblo cuna de las mejores uvas pasas, vinos moscateles, sandías y maravillosos tomates-, tenían por costumbre secular no aparecer por la villa y corte hispalense hasta no ver la espalda de la Virgen de Regla el 8 de septiembre. Ese era el día del retorno de los señores.

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Antes era ordinario y poco recomendable, nada ocurría que interrumpiese el descanso vacacional, nada que nos obligara a coger esa nutrida flota de autobuses de línea que encabezaban Los Amarillos y que seguía a mucha distancia La Valenciana con su vehículo pintado de rojo y con tres asientos por fila en un alarde de comodidad y ergonomía.

Esa ruta tenía una antesala que era la parada en Trebujena, frente al cuartel de la Benemérita, donde se podía hasta desayunar churros recién hechos; después, estos maravillosos vehículos trotaban por la marisma y por las ventanillas de ambos lados aparecían cultivos de algodón o amables girasoles que volvían sus flores en busca de un sol que entonces nos parecía más indulgente.

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El camino discurría entre conversaciones amables, recomendaciones de bares y tapas, de números de teléfono de las personas que se dedicaban a alquilar casas  y de señoras que limpiaban casa de toda confianza y pulcritud; todo discurría a una velocidad de trote cochinero  pero seguro y nos iba acercando a ese paraíso sevillano que año tras año nos acogía.

La mañana contorneaba las diversas colinas que empezaban ya a vislumbrarse con las primeras vides en las cercanías de Sanlúcar: la antesala de esa gloria de la costa, faro de todos nuestros anhelos y ensoñaciones. Ya estamos llegando, ya se ve el Santuario, ya estamos aquí un verano más. Las jacarandas nos saludan y los pequeños chalets de los años 30 muestran su actividad cotidiana de familias desayunando al fresco, perros que ladran y el trasiego de gente que encamina su paso hacia el mercado.

Porque la compra se hacía en el mercado. Frutas multicolores, pescados recién llegados de la lonja y carnes rojas compiten con orzas de chicharrones y carne de toro, si hubo corrida en la plaza del Pino de Sanlúcar. Un universo para ese sevillano al salir a comprar el pan -ese pan que eran pan- y la leche de Jerez de la Merced en esas bolsas que se colocaban en jarras para que vertiera su líquido en el café.

Llegamos a la estación de autobuses, nos acoge un local sin aire acondicionado, repintado de cal, donde solo cabían don coches, pero para nosotros era la estación del Orient Express; había equipajes hasta en la baca de los autobuses, se abren los portalones de los autobuses y de allí salían maletas de cartón, bolsas, cajas y la reina de los utensilios culinarios que era la olla Magefesa último modelo, que emitía cuando se usaba silbidos maravillosos.

Cientos de personas nos rodean, estudiantes que fueron a examinarse, militares sin graduación, algún “rodríguez” que regresaba… Pero ya estamos aquí, la cartelera del cine Álvarez Quintero nos anuncia su programación y la calle Isaac Peral y sus macetas se brinda a acogernos y a que los sevillanos la llamemos la calle Sierpes.

La Ibense sigue aquí, las señoras toman café con churros y los niños corren por una calle sin tráfico que termina en la Cruz de la Mar, lugar mítico donde antaño se paró el Océano Atlántico ante los ruegos y rezos de los chipioneros.

Chipiona es esa pequeña Sevilla que tiene un faro grande de más de un siglo de historia, el más alto de España, que está gestionado por la Autoridad Portuaria hispalense y sigue dando seguridad a los barcos que suben por Bonanza hasta la ciudad del Guadalquivir. Esa pequeña Sevilla de verano cierra para los hispalenses el 8 de septiembre, festividad de la Virgen de Regla, que con su procesión nos devuelve a nuestras tareas y deberes habituales. Volvemos con recuerdos y vivencias, con charlas y promesas, con sol en nuestra piel, con un bote lleno de conchas y una estrella de mar que se había secado en la playa.

Regresamos, si es que alguna vez nos fuimos. Hoy es tarea ardua con el móvil sin parar de escupir correos y mensajes de whatsapp con las noticias que se han sucedido ya sea del ámbito deportivo o tragedias naturales, donde cada vez se menciona más el cambio climático como origen de muchas de ellas.

Ya estamos aquí, con ganas y con incertidumbres en lo político y en lo social, pero con ideas para poner en marcha. Buenas intenciones no nos faltan. Llegamos, un año más.

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