18/05/2024

Una Iberoamérica sin complejos
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Hace unos días, Iberoamérica celebró su XIV Encuentro Empresarial en Santo Domingo, República Dominicana, en el marco de la XXVIII Cumbre Iberoamericana de Jefas y Jefes de Estado y de gobierno, un punto de encuentro en el que, al margen de los hablado por las autoridades, ha servido para que más de 1.500 empresarios de toda la región debatan sobre cómo alcanzar una economía más sostenible e innovadora. Un récord histórico de participación que, en primera instancia, indica que algo está cambiando, que los empresarios y empresarias han dejado el modo avión para operar con conciencia.

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Los paneles que discurrieron en ambas jornadas, todos de altísimo nivel, dieron paso incluso a algo mejor si cabe: el debate entre los allí presentes. Así, algunos nos embarcamos en una conversación acerca de la globalización con una primera pregunta de lo más sencilla: ¿hemos dejado de ser un mundo cada vez más globalizado? Probablemente muchos habréis razonado sobre esto, y creo que hay una respuesta bastante clara y consensuada. Las economías han replegado velas y han vuelto a sistemas productivos que habían «subcontratado» a otros países, hemos vuelto a fabricar lo que habíamos desterrado, volvemos (probablemente por obligación), a apostar por lo hecho en casa. La pandemia fue un punto de inflexión para muchos aspectos de nuestra vida y lo cierto es que la escasez de microchips y la invasión de Ucrania por parte de Rusia trajo consigo numerosos problemas a las economías prácticamente de todo el mundo, y tuvimos que cambiar. Pero, ¿cuánto va a durar esta situación? 

¿Volveremos pronto a trotar por el planeta? ¿Estamos ante un mundo mucho más interconectado, pero menos globalizado? En una realidad tan cambiante como la que vivimos últimamente, no creo que seamos capaces siquiera de asegurar una opción u otra.

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Sin embargo, no fue este asunto el más llamativo para mí. Durante la mesa de debate de presidentes, donde participaron los presidentes de Portugal, República Dominicana, Paraguay y Ecuador, todos, independientemente del color político al que perteneciera su partido, recabaron en la necesidad de apostar y poner en valor a las empresas. Todos, sin excepción, pusieron la empresa como motor de desarrollo de sus economías, aquellas que generan empleo y riqueza en sus territorios. Ni un solo comentario demonizándolas, ni un atisbo de rencor. Un brote verde que, a priori, en nuestro país está muy lejos de crecer.

Cuán gratificante resulta ver que, reconocer el valor de la actividad privada, no obedece a criterios de izquierda ni de derecha, no es un discurso impregnado de color rojo o azul. Obedece a que, en la mayoría de los países, sacan pecho al hablar de sus compañías, de su tejido productivo, del crecimiento de empleo y del PIB, y todo ello no viene precisamente del Estado.

España necesita hacer una reflexión urgente, de base, para trabajar en el crecimiento económico y social de nuestro territorio; en el fomento de la innovación; en abanderar la sostenibilidad como parte fundamental de cada una de nuestras parcelas. Pero esto no vendrá solo impuesto por la administración y el político de turno. La evolución y desarrollo de un país y economía vendrá dado por la colaboración público-privada, por el trabajo y una estrategia conjunta. Si no es así, no será.

Iberoamérica avanza sin complejos, al menos, la mayoría de los países que integran la región. En un mundo menos globalizado, pero donde la colaboración es, si cabe, más necesaria que nunca.

Montserrat Hernández
Directora de Tribuna de Canarias

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