29/05/2024

Tres cuestiones que debemos saber sobre la inflación
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La inflación se ha convertido en un problema socioeconómico que no se consigue atajar en buena parte de los países de la eurozona. Se trata de un impuesto encubierto que, además de empobrecernos a todos, contribuye a la pérdida de poder adquisitivo de la moneda. La cesta de la compra en España ha subido desde el comienzo de la pandemia un 27,5%. Se ha hablado y escrito mucho acerca de este problema, si bien no siempre se han contado las cosas tal y como son realmente. Me gustaría resaltar tres cuestiones relativas a la inflación, que todos deberíamos conocer y que, a buen seguro, servirán para entender mejor el problema al que nos enfrentamos.

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1) En primer lugar, es importante aclarar que la afirmación de que “el problema de la inflación en España se está gestionando de manera mucho más acertada que en el resto de Europa y por lo tanto estará controlado en breve”, dista mucho de la realidad. Se me ocurren al menos 3 argumentos paradesmontar esta afirmación. Primeramente debemos tener en cuenta que la inflación debe considerarse siempre de manera acumulativa. Si tenemos en cuenta los dos últimos años, 2021 y 2022, observamos cómo los precios han subido un 11,2 %; no parece que este dato deba invitar al triunfalismo.

En segundo lugar, debemos saber que el dato general de inflación, que en marzo se situó en España en el 3,3%, no es más que un dato estadístico que ha sido “manipulado” reduciendo artificialmente el coste de la electricidad mediante el mecanismo ibérico del gas. Esta argucia ha permitido a nuestro país tener un índice general de inflación por debajo del de la Eurozona, que se situó en marzo en el 6,9 %. Sin embargo, si comparamos el dato sin manipular, es decir la inflación subyacente, que no contempla ni el efecto de la electricidad ni el de los alimentos sin elaborar, constatamos que en España se sitúa en el 7,5%, frente al 5,7% en Europa. En tercer lugar, resulta cuanto menos anómalo, el hecho de que, desde diciembre de 2022, la inflación subyacente se mantenga por encima de la inflación general; lo normal y razonable sería justamente lo contrario.

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2) Otra cuestión que debemos conocer acerca de la inflación es que, en cierta medida, beneficia siempre a los gobiernos, dado que actúa como herramienta recaudatoria. Un ejemplo de este hecho lo tenemos en Argentina. Este país es conocido por sus impagos de deuda o “defaults”, que han sido al menos ocho desde 1827. Esta situación hace que Argentina tenga muy complicado endeudarse en los mercados, por lo cual debe recurrir a obtener ingresos a través del impuesto encubierto de la inflación, que en febrero de 2023 se situó en el 102,5%. Lógicamente, la situación de Argentina dista mucho de la de España, afortunadamente para nosotros. Pero sí resulta coincidente el hecho de que la inflación contribuye en ambos casos a conseguir financiación adicional.

3) La tercera cuestión tiene que ver con las soluciones adoptadas. Ya dijo Milton Friedman, que “La inflación es siempre y, en cualquier lugar, un fenómeno monetario”. Gran parte de los países europeos que hoy se enfrentan a altas tasas de inflación, se dedicaron a inyectar dinero en los mercados, incrementado el gasto público hasta niveles inauditos y contaron con un BCE que se dedicó a comprar toda la deuda pública que emitían los países y prestaba el dinero a tipos negativos. Era lógico pensar que, ante una política monetaria tan expansiva, en un plazo de varios meses empezáramos a tener problemas con la inflación; así fue.

Debemos tener claro que a corto plazo no se puede reducir la inflación sin crear recesión. Esto es precisamente lo que están haciendo los Bancos Centrales con la subida de tipos de interés: reducen la cantidad de dinero disponible y el acceso al crédito, lo cual se traduce en una bajada de la curva de demanda. Pero lo que no tiene ningún sentido es que, mientras se suben los tipos de interés, con el sacrificio que ello supone para empresas y economías domésticas, el gobierno se dedique a gastar de manera desmedida y desordenada (bono cultural, descuento en los combustibles, bono de alquiler, de transporte, etc.), aplicando una política fiscal expansiva que, al inyectar mayor liquidez en el mercado, dificulta que la política monetaria de subida de tipos provoque los efectos deseados en la inflación.

Cuando estas políticas no funcionan, se suele recurrir a políticas de rentas. Se trata de políticas que tratan de reducir las tasas de crecimiento de los salarios y precios trasladando hacia abajo la curva de oferta. Esas políticas tienen un problema: los salarios y los precios deben variar para asegurar que los recursos se asignen de manera adecuada. Cuando se ponen en marcha durante periodos cortos de tiempo, resultan poco costosas, pero si se implementan durante periodos prolongados, acaban generando escasez de trabajo y de determinados bienes. En España, en lugar de un pacto de rentas, se optó por medidas como incrementar las pensiones un 8,5% y subir el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) y las cotizaciones sociales, sin contar con la opinión de los representantes empresariales.

Por lo tanto, los que decían que en primavera de 2023 estaría solucionado el problema de la inflación, deberían saber que tocará seguir apretándonos el cinturón, al menos durante algunos meses. Los gobiernos y bancos centrales habrán de seguir subiendo tipos para generar recesión, contener el gasto público desmedido y evitar revisiones salariales excesivas. Todo sea por reducir la masa monetaria y solucionar el problema de la inflación.

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