Situado en el corazón de Andalucía, con pueblos blancos, paisajes exuberantes y una fuerte herencia cultural, ¿qué hace que el Valle de Lecrín sea hoy un destino diferente y una experiencia auténtica más allá del turismo convencional?
Pienso que influyen varios factores. Uno de ellos es el entorno del Valle de Lecrín, situado al sur de Granada, entre la capital, la Costa Tropical y Sierra Nevada. Sus picos más altos, como el Caballo y el Tozal del Cartujo, garantizan nieve y agua que alimentan numerosos nacimientos a lo largo del valle. Junto con muchas horas de sol, esto convirtió la zona en un vergel, la huerta del Reino Nazarí.
El otro factor es su gente. El Valle lo componen 18 pueblos pequeños, de entre 400 y 800 habitantes, que mantienen sus tradiciones y celebran numerosas fiestas, lo que le ha dado el apodo de “Valle de la Alegría”.
Desde la Asociación de Turismo llevamos diez años impulsando la zona. Pasamos de 40 a 80 empresas, organizando jornadas gastronómicas, turismo activo, torneos de golf y gestionando la oficina de turismo en Padul. También promovemos la Ruta de Boabdil, que rememora su exilio hacia la Alpujarra y ayuda a dar a conocer la belleza del Valle de Lecrín.
Las XI Jornadas Gastronómicas “La Huella Andalusí”, celebradas del 6 al 21 de diciembre, ponen en valor la cocina como parte de la identidad del valle, ¿qué papel juega la gastronomía andalusí en la promoción turística y cultural del Valle de Lecrín?
Para estas jornadas y las de turismo activo hemos contado con el apoyo de la Consejería de Turismo, Cultura y Deportes de la Junta de Andalucía. Es una forma de promoción fundamental en la que participan los restaurantes de la zona, normalmente entre once y dieciséis establecimientos. Buscamos que el visitante primero recorra el Valle, lo conozca, y luego se siente a la mesa a disfrutar de una comida casera de kilómetro cero.

Queremos que todos los productos de la comarca estén presentes, combinando la cocina ancestral de nuestras abuelas —esa cocina de puchero y de aprovechamiento cuando había pocos recursos— con nuestra historia. La llamamos “Huella Andalusí” porque el Valle de Lecrín es una confluencia de culturas: la cristiana, la musulmana y la judía. Además, tras el descubrimiento de América, se incorporaron productos nuevos como la patata o el maíz. Tratamos de dar valor a nuestro Valle a través de esa comida autóctona, porque somos muy partidarios de la economía circular: dar salida a los productos más cercanos para generar más vida y creación de puestos de trabajo en nuestros pueblos.
El equilibrio entre desarrollo turístico y preservación del entorno es uno de los grandes debates actuales, ¿qué modelo turístico defiende el Valle de Lecrín para crecer sin perder su esencia?
El modelo que defendemos es el de la economía circular y el asociacionismo. Tenemos una asociación con más de ochenta empresas donde trabajamos altruistamente para la promoción y la formación de los socios. Utilizamos las redes sociales, por supuesto, pero siempre promoviendo motivos reales y experiencias auténticas.
El turismo es, ante todo, una experiencia. Si una familia va a ver un monumento maravilloso pero el niño pequeño no disfruta, el viaje se complica; en cambio, si le das una alegría y un juego donde compartan con los padres, el viaje se vuelve maravilloso. Buscamos ofrecer esa experiencia cercana, utilizando los recursos propios para que el beneficio se quede en la zona y cree empleo local.
Respecto a la sostenibilidad, el medio ambiente, ¿qué podemos ofrecer desde el Valle de Lecrín en ese aspecto?
Creemos firmemente que una comarca se desarrolla mejor cuanto más se implican sus propios habitantes de forma altruista. Al ser nativos, hacemos especial hincapié en el turismo ecológico sostenible, pero teniendo en cuenta un valor que debemos priorizar de ahora en adelante: el turismo regenerativo.
Hay que ser realistas: de alguna manera estamos cargando el planeta. El turismo regenerativo implica un cambio en nuestro comportamiento. Por un lado, debemos consumir productos de kilómetro cero y contaminar lo menos posible, reduciendo las emisiones de CO2. Pero también tenemos que regenerar lo que ya hemos desgastado. Podemos conseguirlo creando más oxígeno mediante la plantación y cambiando hábitos, como la separación de basuras para reutilizar y hacer compost con los residuos orgánicos. Al principio cuesta, es una cuestión de hábito, pero así contribuimos a no hacer más daño y a recuperar parte del entorno.
Pensando en los próximos años, con un turista cada vez más exigente y conectado, ¿cuáles son los principales retos y oportunidades para el turismo en el Valle de Lecrín?
Nuestra gran oportunidad es la diversidad, ya que en apenas 15 km pasamos de 200 a 3.150 metros de altitud, con todos los climas, mucho sol y agua, lo que permite senderismo, ciclismo, rutas a caballo, rápel, vías ferratas y deportes acuáticos en nuestros embalses.
Nuestro reto es la gestión de la afluencia. Algunos parajes estrechos sufren cuando hay demasiada gente y no se respeta el entorno. Estamos elaborando un manual de buena conducta para cuidar nuestro valle.

Tenemos lugares maravillosos como el salto de agua de los Bolos en Dúrcal o la Ruta del Mamut en la Laguna de Padul, que le valió a este municipio un premio en el tercer Congreso Europeo de Turismo Rural en 2016. También destacan el Barranco de Luna, con microclima propio, y los Callejones de las Albuñuelas.
La historia también es un recurso turístico, con castillos como Zoraya en Mondújar o los de Dúrcal, El Chite y Restábal, muchos derruidos por Juan de Austria, pero aún visitables. Con iniciativas como la Granja Escuela para los más pequeños, mostramos el Valle de Lecrín como una experiencia completa y agradable para todos.





