Vivimos inmersos en una época fascinante pero agotadora, profundamente marcada por lo que muchos pensadores contemporáneos denominan la tiranía de las infinitas opciones, ¿divertido?. Cada día nos enfrentamos a un laberinto de bifurcaciones vitales, obsesionados con la necesidad de tomar la decisión absolutamente perfecta. Soñamos con elegir esa pastilla roja que, como en la célebre película, nos despierte definitivamente de nuestra propia existencia y nos sitúe, sin error, en “el lado correcto de la historia”, ¿os suena?. Creemos, arrastrados por la inercia de una sociedad líquida y acelerada, que la verdadera libertad consiste en mantener todas las puertas abiertas el mayor tiempo posible. Vivimos aterrorizados ante la idea de que elegir un camino concreto, ya sea en el ámbito personal o en el desarrollo profesional, signifique perder irremediablemente el acceso a todos los demás futuros posibles. Esta parálisis por análisis, esta angustia ante la multiplicidad, nos aleja sistemáticamente de las respuestas profundamente genuinas, aquellas que solo nacen de la pausa deliberada, el silencio interior, el discernimiento sereno y el encuentro humano sincero y sin artificios, sí, me adentro a lo más profundo.
Frente a este ruido que nos empuja a vivir constantemente en la superficie de las cosas, surge la necesidad urgente de replantearnos nuestra concepción de la vocación y el compromiso. A menudo, la palabra vocación parece un concepto puramente etéreo o un llamado místico reservado a unos pocos elegidos, cuando en realidad es el motor más terrenal, humano y transformador que poseemos.
En este sentido, reflexiones como las de Javier Bailén SJ nos arrojan una luz imprescindible frente a las grandes paradojas de nuestro tiempo: elegir bien casi nunca significa transitar el camino más cómodo o el más aplaudido por las galerías virtuales. Solemos huir despavoridos del compromiso profundo creyendo erróneamente que atarnos a un proyecto, a una persona o a una causa nos resta opciones de vida y nos convierte en prisioneros de nuestras propias decisiones. Sin embargo, la auténtica libertad no es un mero factor exterior ni una lista interminable de posibilidades a nuestro alcance. Misteriosamente, cuando nos comprometemos de manera libre y consciente con un propósito que nos trasciende, nuestra libertad interior se ensancha de forma exponencial, y es exactamente en esa plenitud de sentido donde florece la verdadera felicidad, y es que resulta que no estaba tan lejos.
Abrazar de frente una vocación (aquí, profesional y personal), sea cual sea nuestro ámbito de actuación, exige irremediablemente dejar otras muchísimas cosas atrás. Es absolutamente vital reconciliarse pacíficamente con esas renuncias necesarias para poder avanzar sin el peso constante de la nostalgia por lo que no fue. Bailén ilustra esta poderosa y exigente idea con una metáfora deportiva sencillamente brillante y clarificadora: el jugador que asume con madurez su rol de defensa en un equipo de fútbol renuncia voluntariamente a la gloria momentánea, individualista y vistosa de ser quien marque y celebre los goles. Lo hace con el único y firme propósito de cumplir su verdadera y esencial función en el terreno de juego, sabiendo que su labor discreta sostiene a todo el grupo. En esa renuncia consciente y generosa no pierde ni un ápice de felicidad ni de valor; por el contrario, encuentra su máxima realización existencial al dar la mejor versión de sí mismo en beneficio de un objetivo común y superior.
El deporte de máximo nivel, exactamente igual que los grandes y exigentes desafíos de la vida misma, nos confronta de forma implacable con una verdad absoluta e innegociable. Nos exige enfrentarnos cara a cara a nuestros propios límites, al dolor, a la frustración de la derrota y a la autoexigencia del entrenamiento continuo. Al mismo tiempo, esa entrega total y sin reservas nos abre de par en par a una dimensión espiritual absolutamente indispensable para el ser humano. Esta dimensión profunda, que trasciende la mera materialidad de nuestros actos, es la única verdaderamente capaz de completar y sanar esos vacíos existenciales que el éxito profesional efímero, los viajes exóticos, la acumulación frenética de bienes o el aplauso público efímero jamás podrán saciar por completo. Reconocer esa carencia intrínseca y abrirse a cultivar el espíritu actúa como una brújula vital insobornable, permitiéndonos navegar las tormentas y crisis cotidianas con una paz interior que no depende en absoluto de las cambiantes circunstancias externas.
Llevando estas grandes reflexiones al fango de nuestro día a día profesional y social, resulta crucial desmontar los mitos románticos y paralizantes que rodean nuestras elecciones vitales. Debemos aprender a delimitar con suma urgencia la sutil y peligrosa diferencia entre nuestra pasión meramente teórica —aquello que nos gusta consumir o imaginar— y aquello que realmente nos interpela, nos mueve las entrañas y nos llama a actuar de forma concreta y transformadora en el mundo. Situarnos de forma genuina en el lado correcto de la historia requiere, además, redefinir por completo nuestra concepción del éxito y del liderazgo en la sociedad actual.
Un verdadero líder, ya sea tomando decisiones en un exigente consejo de administración, mediando en un conflicto o impulsando un proyecto de impacto social, no se sostiene a largo plazo sin una inquebrantable vocación de servicio. Quien lidera debe combinar la más alta exigencia y preparación técnica con una resiliencia forjada en la toma de decisiones difíciles, sumando a ello una profunda humanidad que comprenda que las causas que despiertan algo verdaderamente valioso en nuestro interior van muchísimo más allá del mero reconocimiento económico o el estatus corporativo.
Al final del día, tomar la pastilla buena en esta época vertiginosa, marcada por la ansiedad, el ruido constante y la permanente distracción, no es un acto de rebeldía estética sacado de un guion de Hollywood. Tampoco es una fórmula matemática impecable ni un algoritmo mágico que nos vaya a garantizar una biografía exenta de contratiempos, fracasos o dolor. Es, simple y llanamente, un acto continuo y sostenido de valentía personal. Es atreverse a parar el reloj para entender qué decisiones pasadas nos han ido configurando de forma silenciosa. Es reconocer, con una honestidad brutal que a veces escuece, qué tipo de persona queremos llegar a ser, poniendo el foco estructural en nuestros valores humanos mucho más que en los títulos académicos o cargos directivos que puedan adornar nuestro currículum.
Situarse conscientemente en el lado correcto de la historia es, en definitiva, tener el enorme e intransferible coraje de escuchar en el silencio la llamada de nuestra propia vocación, asumiendo el compromiso vital, con todas sus renuncias y bellezas, para convertirnos en los seres humanos auténticos, libres y plenos que este mundo necesita hoy con más urgencia que nunca.





