Cada diciembre, nuestro país se ilumina. Las calles se llenan de luces, las plazas recuperan el pulso y los escaparates intentan competir en brillo y color. La Navidad vuelve a ser sinónimo de consumo, de reuniones familiares y de un calendario marcado por compras y celebraciones. Pero también es el momento de detenernos y preguntarnos qué modelo económico estamos reforzando.
En España, el comercio es mucho más que una cifra en las estadísticas. Es empleo, es cercanía, es equilibrio territorial. Son miles de pequeños establecimientos los que sostienen la economía cotidiana de barrios y municipios, especialmente en las zonas donde no llegan las grandes inversiones ni las plataformas digitales generan arraigo. Sin embargo, son también los más expuestos a la precariedad estructural que arrastramos desde hace años.
La campaña navideña se presenta cada año como un salvavidas para el comercio, pero la realidad es más compleja. A la subida sostenida de los costes energéticos y de materias primas se suman alquileres al alza, presión fiscal, burocracia y una competencia que no siempre compite en igualdad de condiciones. Todo ello se traduce en jornadas interminables, márgenes mínimos y una incertidumbre constante que la iluminación navideña no consigue ocultar.
Consumir en Navidad no debería ser un acto automático, sino consciente. Apostar por el comercio de proximidad no es una cuestión sentimental, es una decisión económica responsable. Cada compra realizada en un negocio local mantiene empleo, genera riqueza en el territorio y devuelve vida a nuestras calles. Frente al consumo masivo e impersonal, el comercio de proximidad sigue ofreciendo algo que no se puede digitalizar: humanidad.
Pero esta responsabilidad no puede recaer únicamente en la ciudadanía. Las administraciones tienen el deber de ir más allá del escaparate. Hacen falta políticas públicas que protejan al comercio como pilar estratégico de la economía andaluza: menos trabas administrativas, medidas fiscales realistas y apoyo efectivo a quienes crean empleo estable y de calidad.
La Navidad habla de valores compartidos. De cuidar lo cercano, de construir comunidad y de pensar en el futuro. Defender el comercio es también defender la dignidad económica de quienes sostienen cada día la vida de nuestros pueblos y ciudades. Porque sin comercio vivo, no hay Navidad que ilumine lo suficiente.
Esta Navidad no va de consumir más, va de consumir mejor. De mirar alrededor y entender que el comercio de proximidad es barrio, es confianza y es dignidad. Cada vez que elegimos una carnicería, una frutería o una tienda de ropa local, estamos sosteniendo el latido de los autónomos y empresarios de nuestro país.
Porque sin ellos, las luces seguirán encendidas, pero las calles estarán vacías.
Esta Navidad, antes de llenar el carro o hacer clic en una pantalla, pensemos en quién hay al otro lado. En la persona que abre su carnicería con frío, en quien acomoda la fruta con esmero, en quien mantiene una tienda de ropa abierta, aunque las cuentas no salgan. Apostar por el comercio de proximidad no es caridad, es justicia económica. Es decidir qué modelo de sociedad queremos sostener cuando se apaguen las luces. Porque el futuro de nuestros barrios, de nuestros pueblos y de España entera también se decide en cada compra.
Comercio de proximidad: Navidad en manos que resisten.
La Navidad no empieza en un centro comercial. Empieza en una carnicería de barrio donde alguien afila el cuchillo con el mismo cuidado de siempre. En una frutería donde se eligen las naranjas una a una. En una pequeña tienda de ropa donde aún se pregunta para quién es el regalo y se imagina la sonrisa al abrirlo.
Mientras las luces se encienden, miles de autónomos siguen luchando por mantener encendida otra cosa más frágil: su negocio. Son hombres y mujeres que sostienen el comercio de proximidad con jornadas interminables, costes disparados y una incertidumbre constante. Solo en el último año, más de 13.000 pequeños comercios han cerrado en España. Cada persiana bajada es una historia que se apaga, un barrio que pierde vida, una familia que se queda sin sustento.
No hablamos de grandes cifras abstractas. Hablamos de la carnicería que ha dado de comer a generaciones, de la frutería que fiaba cuando hacía falta, de la tienda de ropa que sobrevivía gracias a la confianza. El comercio local no solo vende productos: construye comunidad, identidad y cercanía.
Comprar cerca en Navidad no es nostalgia, es responsabilidad. Es decidir que el dinero se quede en nuestras calles, que el empleo no se pierda, que los pueblos y barrios no se vacíen. Es entender que detrás de cada ticket hay una persona intentando resistir y de sobrevivir
Cuando pasen las fiestas y se apaguen las luces, quedará una pregunta incómoda: ¿Queremos ciudades llenas de escaparates iguales o barrios con alma?






